La tragedia de Chernóbil a 35 años del programa médico cubano

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Por Maribel Acosta Damas (*)

Fotos: Archivos (**)

Hace 35 años, en marzo de 1990, llegaron a Cuba para recibir asistencia médica, niñas y niños afectados por el accidente nuclear de Chernóbil.

En la madrugada del 26 de abril de 1986 estalló el cuarto reactor de la Central Electronuclear Vladimir Ilich Lenin de Chernóbil, a dos kilómetros de la ciudad científica de Pripiat. La tragedia sacudió a Ucrania, Bielorrrusia y Rusia, fundamentalmente. La nube radiactiva alcanzó a toda Europa y comenzó el peregrinaje de cientos de miles de personas. Algunos expertos califican esta fecha como la entrada al siglo XXI.

Pero, al mismo tiempo, estaba sucediendo algo más que transformaría la vida de millones de seres humanos y cambiaría el mapa del mundo para siempre: la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS decretaban una nueva era.

En Chernóbil, más de un centenar de pueblos quedaron desolados. La próspera ciudad que fue Pripiat se convirtió en el fantasma de sí misma. A finales de 2019, un equipo de realizadores llegamos hasta allí, juntamente antes del coronavirus, de los incendios y de la guerra ¡Aún hoy conmociona recordarlo!

Algunos años después de la explosión del cuarto reactor de la Central electronuclear de Chernóbil, la entonces URSS solicitaba al mundo auxilio para atenuar la huella de la explosión nuclear en su población, fundamentalmente infantil. Cuba mostró su disposición inmediata. En 1989, el entonces Secretario General del Komsomol o Juventud Comunista en Ucrania, Anatoli Matvienko, en una recepción oficial se dirigió al Cónsul cubano en Kiev, Sergio López y le mostró su preocupación por el estado de los niños ucranianos después del accidente nuclear de Chernóbil. Me confirmó la propia Lilia Pilitay en Kiev (líder del komsomol de aquellos tiempos) que luego de las consultas con la dirección del país, con Fidel Castro específicamente por la delicada tarea, inmediatamente se desencadenó todo el proceso de lo que después sería el programa humanitario.

Y según narra el Dr. Julio Medina, quien fuera director del programa en la mayoría de los 21 años de su duración, el Ministerio de Salud Pública de Cuba creó una comisión de especialistas en hematología, oncología, endocrinología, clínicos y otras especialidades, que envió a Ucrania. Una vez allí, en contacto con las autoridades de salud de ese país y con la ayuda del Komsomol, los médicos cubanos exploraron la situación, organizaron consultas y seleccionaron a los más enfermos que viajarían a Cuba en el primer grupo.

El 29 de marzo de 1990 a las 8.46 pm, llegaron a la isla los primeros 139 niños y niñas. Se creaba así el programa médico cubano de atención a los niños de Chernóbil, que permaneció de manera gratuita durante 21 años consecutivos hasta 2011 y permitió que recibieran atención más de 26.000 niños de Rusia, Bielorrusia, Moldavia y Ucrania. Fidel los recibió en la escalerilla del avión y extendió la mano a uno por uno, según me contó Dimitri, el niño de Pripiat que venía en aquel primer vuelo, hijo del liquidador muerto en Chernóbil.

En ese tiempo, muchas cosas sucedieron: se desintegró la URSS, desapareció el campo socialista, se instalaron guerras civiles y tragedias humanas en esos pueblos; Cuba entró en una profunda recesión económica resultado del corte de las relaciones comerciales con el bloque socialista que ya no existía y el bloqueo de Estados Unidos multiplicado… pero el programa médico nunca se detuvo.

Todos los medicamentos y descubrimientos científicos de esa isla fueron puestos a disposición de las niñas y niños. La inmensa mayoría se sanó.

En Chernóbil, en Pripiat…

La periodista ucraniana Olena Panstsiuk vivía en Pripiat. Todavía recuerda el día en que tuvo que marcharse, solo recoger algunas cosas y salir precipitadamente. Todos pensaban que volverían. Todavía no sabían la magnitud de la tragedia. Ella dejó en casa los recuerdos, las fotos de la infancia, los peluches de la niñez.

Era una adolecente el 26 de abril de 1986 cuando explotó el cuarto reactor de la central electronuclear Vladimir Ilich Lenin de Chernóbil. Su ciudad, Pripiat, estaba a unos escasos dos kilómetros. Su familia no fue la misma nunca más. Algunos ya no están, otros tuvieron que reordenar su vida. Y ella, como tantos, siguió adelante con las memorias pegadas a la mente día y noche, y el miedo a una nueva muerte.

A Olena la conocimos en Kiev. En noviembre de 2019, nuestro equipo de realización de Resumen Latinoamericano llegó a Ucrania en busca de las huellas del accidente nuclear, sus testigos y protagonistas, y para el encuentro con aquellos niños que fueron a Cuba a recibir atención médica por las secuelas de la radioactividad.

Juntos entramos a la central electronuclear y a la Pripiat actual. Olena estaba con nosotros y nos fue narrando los detalles de cómo era la vida antes, dónde estaba su escuela, el bulevar más hermoso de la ciudad, los amigos que no volvió a ver… Olena, como muchos otros, volvió a Pripiat a escondidas a rescatar de su antigua casa el álbum de fotos y lo que todavía queda en pie de sus recuerdos más queridos… Cuando Olena nos muestra el álbum fotográfico de Pripiat y cuenta los que se salvaron, allí están niños y niñas que fueron tratados por los médicos cubanos.

El programa humanitario…

Tarará, que fuera un balneario de la burguesía cubana en las playas al este de La Habana de los años 50 y luego ciudad Escolar José Martí para los niños cubanos, fue el lugar seleccionado para hospedar a los niños y sus familiares, por su condición de limpieza ambiental y su infraestructura excepcional.

En un principio, en Tarará se crearon condiciones de camas hospitalarias para 350 niños y niñas. Se establecieron áreas especializadas de acuerdo con las enfermedades que presentaban y médicos y enfermeras permanecían con ellos de manera permanente

En Tarará se creó, además, un sector para los niños y niñas que requerían de tratamiento de histoterapia placentaria para la caída del cabello y la soriasis, que dirigió directamente el Dr. Carlos Manuel Miyares Cao, creador de una veintena de productos para atender estas patologías y otras como el vitiligo a partir de la placenta humana. A los niños y niñas se les implementó también un programa de atención psicológica.

En cada grupo que llegaba venían médicos y maestros de sus países pues en Tarará se organizaron las condiciones para que continuaran estudios. Por cada diez o quince niños venía un guía y a los más enfermos les acompañaba su madre o padre.

Cercano a los hospitales donde permanecían internados los más enfermos, se acondicionaron viviendas para que sus familiares permanecieran cerca; sobre todo aquellos que continuaron hospitalizados por largos periodos, incluso años. Este programa tuvo diferentes etapas y se concibió y realizó por 21 años de manera gratuita.

Se diseñaron servicios estomatológicos especializados a partir de hipótesis sobre la incidencia de las radiaciones en la proliferación de caries y otras enfermedades bucales; un alto índice de niños y niñas presentaba caries. A todos se les midieron las radiaciones con que llegaban en el Centro de Higiene de las Radiaciones de Cuba y luego de los resultados se determinaba si había que realizar estudios genéticos.

Para la creación del programa se tuvo en cuenta no solo a las niñas y niños enfermos, sino su presencia en lugares contaminados con impactos notables en el agua, los alimentos y el medio ambiente en general. Tres repúblicas de la antigua URSS fueron las más afectadas por su cercanía a la zona de la catástrofe: Rusia, Bielorrusia y Ucrania; fundamentalmente esta última, con la característica de que había poco yodo en el agua que consumía su población.

De este modo, las tiroides – sobre todo en la población infantil- eran glándulas ávidas de consumo del yodo radioactivo liberado al ambiente por la explosión nuclear. Así se prevé que enfermedades derivadas de las tiroides serían las de mayor incidencia a lo largo de los años. La atención posterior confirmó esta aseveración médica.

Desde este punto de partida, equipos interdisciplinares cubanos comenzaron a estudiar e investigar sobre un tema del que Cuba no tenía experiencia. Entre los elementos conclusivos para la atención a esos pacientes estuvo el hecho de que, si le lograba sacar a la población de un medio contaminado a un medio limpio, el organismo tenía posibilidades de recuperarse de manera más rápida.

A lo largo del tiempo el programa fue evolucionando en distintas etapas. Como parte de la primera etapa, hasta el año 1992, los pacientes eran comunes a los tres países. A partir de esa fecha fue disminuyendo el número de niñas y niños rusos y bielorrusos y se mantuvieron de manera masiva las niñas y niños ucranianos.

Durante los primeros diez años unas 2 mil personas entre niños, niñas y sus acompañantes estaban de forma permanente en Tarará, con un elevado nivel de ocupación; los recuperados regresaban a sus países y otros llegaban a Cuba. En esa primera etapa los vuelos a La Habana se realizaban de forma conjunta pagados por fondos internacionales de ayuda humanitaria a las víctimas de Chernóbil y otras gestiones internacionales.

Sin embargo, más tarde, fueron complejizándose las posibilidades de transportación aérea y hubo que empezar a traer niños y niñas por los vuelos regulares, lo que hizo más difícil su llegada. Así, Cuba organiza con el gobierno ucraniano cuotas de unos 600 niños y niñas que se correspondieran con sus posibilidades de transportación y la preparación de la infraestructura necesaria en Tarará.

Esta es la etapa calificada como la más difícil del programa, que significó su diseño e implementación, la atención a los niños y niñas más enfermos y a sus familiares; que también recibieron ayuda médica. Es la etapa de experimentación en el campo científico y médico y por supuesto de aprendizaje y sistematización de los resultados que se iban alcanzando para su posterior análisis y presentación ante convenciones internacionales que dieran cuenta de los resultados del trabajo médico y científico realizado.

Un paso a una segunda etapa del programa puede considerarse como lo que el Dr. Julio Medina expone como la solución alcanzada para garantizar el seguimiento del programa en Cuba con la apertura de un programa médico similar en Ucrania en el año 1998, en un sanatorio en Crimea. Ahí se desarrolló el trabajo conjunto entre especialistas cubanos y ucranianos que dieron atención médica y de ese modo se paliaban las limitaciones de la transportación aérea.

Tarará y Crimea se mantuvieron hasta la conclusión del programa humanitario en el año 2011. Esto contribuyó a lo largo de los años al fortalecimiento del sistema de salud ucraniano y al manejo más eficaz en su población del impacto del accidente nuclear. También, a finales de los 90, en esta nueva etapa, comienzan a desarrollarse alternativas de tratamiento en el Instituto de Hematología de Kiev; y la colaboración entre la Isla y Ucrania favorece la atención de pacientes en ambos escenarios a partir de la experiencia obtenida en Cuba, lo investigado conjuntamente y la aplicación de los protocolos internacionales de atención médica en estos casos.

El programa continuó hasta 2011, en la última etapa, con menos pacientes en la Isla, teniendo en cuenta la concentración masiva y el esfuerzo de los dos primeros periodos. Se consolidaron prácticas médicas y científicas que representaron un esfuerzo de miles de profesionales cubanos: se tradujeron al idioma español textos y referencias relacionadas con el tema, de gran utilidad en la medición de las radiaciones y sus interpretaciones posteriores.

El Centro de Protección e Higiene de las Radiaciones de Cuba desde el propio año 1990 desarrolló estudios dosimétricos y biomédicos para evaluar el impacto del accidente, de gran beneficio para conocer los niveles de contaminación, estimar las dosis de irradiación y su influencia en tiroides, así como dar seguimiento a las patologías derivadas de la contaminación en las localidades de procedencia. Los profesionales de este centro de investigaciones aún conservan en sus archivos tanto los equipos y aditamentos utilizados (algunos de elaboración propia) como los registros originales de sus investigaciones.

Ello ayudó a crear una importante base de datos, considerada por expertos internacionales como única de su tipo en el mundo y que convierte al estudio realizado en Cuba como una de las fuentes más reconocidas para la evaluación del impacto radiológico del accidente de Chernóbil.

Por otro lado, el programa no solo constituyó una experiencia médica y científica sino humana y de simbiosis cultural: los niños y niñas con largas estadías en Cuba seguían con sus clases, se estimuló la confraternización entre los niños y niñas de Cuba y de Ucrania en bailes, juegos, excursiones, comidas y costumbres de un lado y de otro. Tradiciones de la Isla como la celebración de los quince años a las adolescentes cubanas, se practicaron también con las adolescentes de Chernóbil, y cada una de ellas que cumplía quince años en Cuba, tenía su fiesta de homenaje.

Epílogo 35 años después…

Olena, Yiulia y tantos otros de aquellos niños y niñas que se salvaron en Cuba no están hoy en Ucrania. La guerra los ha llevado por múltiples destinos. Mamá Lilia y Papá Tolia siguen allí. Como podemos, nos mantenemos al tanto… Y 35 años después que llegaran a la isla para curarse, aquella gesta del pueblo cubano permanece presente en su inmensa generosidad sanadora. Cuando estuve con ellos en 2019, recordaban a Tarará, al mar y a la isla como lo más hermoso de sus vidas.

(*) Maribel Acosta Damas, Dra. en Ciencias de la Comunicación Social, Periodista cubana y docente de la Universidad de La Habana, trabaja y colabora con varios medios de su país y de otros países.

(**) Fotos, archivos de los periódicos Granma, Juventud Rebelde, médicos y médicas cubanas,

Roberto Chile

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